lunes, 8 de abril de 2013


TEODORO HERZL Y EL PERIODISMO MUGRIENTO DE LA ARGENTINA


Días pasados en la república Argentina, país caracterizado por tener un periodismo sucio, venal y principalmente impune en cuanto a sus calumnias consuetudinarias vertidas contra las personas que han sido puestas en su mira, en tanto que para ello cuenta además con la pasividad de una justicia complaciente, leímos unos conceptos inverosímiles que pasaremos a comentar. Pero antes de ello queremos decir unas palabras más respecto de tal ‘periodismo’.
A partir del virus democrático, que padecemos desde hace tantos años en manera cada vez más desembozada superando en sus efectos hasta a la imaginación más creativa, se ha ido gestando entre nuestros medios masivos de difusión una especie nueva de periodistas con caracteres que nunca se habían conocido antes. Y en la medida que estamos viviendo en un tipo de sociedad en donde no es el pueblo el que imita a sus gobernantes, sino a la inversa son éstos los que lo hacen con el primero, asumiendo los hábitos y costumbres de sus sectores numéricamente mayoritarios y por supuesto con menor educación, los aludidos ‘comunicadores sociales’ (término que al menos sirve para indicarnos a esta nueva especie sustituta de lo que siempre fue un periodista verdadero), más que formar a las personas elevándolas desde su condición a una dimensión superior, se han convertido en cambio en verdaderos entes masificados preocupados principalmente por brillar y obtener así el tan anhelado rating que los catapulte en la cima de las preferencias colectivas. De este modo esta nueva especie, en tanto abocada a imitar a los sectores más bajos de la sociedad hasta en sus léxicos y en sus errores gramaticales a fin de hacerse populares, lejos de mejorar a las personas sobre las que influyen las terminan empeorando al consolidarlas y acrecentarlas en sus vicios y defectos. Agreguemos además que, tal como dijimos en otras oportunidades, esta era actual ha significado una verdadera subversión en todos los planos, no ahorrando en tal labor deletérea ni siquiera al mismo lenguaje en el que se ha venido efectuando una verdadera obra de demolición, por lo cual palabras que siempre tuvieron un significado positivo y superior, tales como discriminar, reprimir, derecha, autoridad, formalidad, aristocracia, alma, espíritu, etc., hoy por el contrario se han convertido en sinónimo de disvalores así como de cosas que deben ser sin más combatidas como algo muy malo o como supercherías supersticiosas que impiden el progreso y emancipación de los pueblos. De la misma manera que inversamente sucede con otras que siempre fueron reputadas como cosas negativas y que hoy son en cambio exaltadas como bondades y arquetipos beneficiosos, tales como desinhibido, desprejuiciado, informal, transgresor, libertario o aun la palabra izquierda que siempre fue concebida como sinónimo de siniestro y torpe. A esto debe agregarse también un conjunto de términos soeces que anteriormente en cualquier familia bien constituida hubieran significado descalificación y castigo para los niños que los profiriesen, y que hoy en día en cambio, en tanto se imita a lo inferior y adolescente, son utilizadas habitualmente por tales ‘comunicadores’ como un signo distintivo de libertad y emancipación, cuando no de verdadera desfachatez y mal gusto. Y tal anomalía ha debido tener por supuesto a sus promotores cotidianos, que es justamente esta especie pegajosa y letal de los ‘comunicadores sociales’ que son respecto del periodismo verdadero lo que la democracia puede ser respecto de cualquier régimen normal. Se trata de un periodismo especializado en sembrar por doquier todo tipo de confusiones sea respecto de las personas como de las ideas que se sostengan, amparándose  como siempre en la hipócrita libertad de prensa, la que se ha convertido en una verdadera libertad de mentir y desinformar sin que por supuesto la ‘justicia’ democrática, o en vías de serlo cada vez más, levante un solo dedo en su contra en la medida que tal especie, en tanto poseedora muchas veces de un rating descomunal, se ha hecho acreedora de la libertad más absoluta de deformar no sólo la mente de las personas, sino hasta el mismo significado de las palabras que se utilizan.
Calificar al piquetero leninista D’Elía como ‘neonazi’, tal como ha hecho uno de esos especímenes antes mentados, el ‘comunicador’ Lanata, por el mero hecho de haber adherido a un régimen cuyo líder niega la existencia del Holocausto judío, es de una frivolidad sin límite. Amén de que, como bien se ha señalado, dicha postura no es algo asumido por la totalidad del régimen iraní, sino únicamente por quien lo dirige y que tal cosa por lo demás no se la hayamos escuchado decir nunca al aludido piquetero, tal calificación ideológica no resiste el menor análisis. En primer lugar que la mera observación física del carácter notoriamente mestizo del aquí aludido debería sin más llevarnos a la hilaridad respecto del tal dicho. En segundo lugar que son dos cosas sumamente diferentes la negación de un determinado hecho histórico, el pretendido genocidio de 6 millones de judíos, con la adscripción a una ideología que sostiene sea la superioridad de una determinada raza, así como el carácter determinante que en una persona pueda tener la adscripción a un cierto grupo racial, lo cual sin más no tiene nada que ver con el marxismo, concepción política a la que manifiestamente adhiere el aquí acusado, la que en cambio considera a la economía como el factor determinante.  Pero el hecho esencial  de lo formulado por el aludido periodista, quien no por nada ha sido un fanático promotor y sostenedor del sionismo y del Estado de Israel, el cual a su vez no casualmente ha sido un profundo defensor de la democracia en la Argentina, consiste en que su mensaje posee un objetivo de mayor alcance, por supuesto no expresado en forma manifiesta, y es el de estar permanentemente alertando respecto de la peligrosa presencia del antisemitismo (término que hoy se confunde con el nazismo) lo que es aquello que como un verdadero combustible permite la existencia del ente sionista al que ostensiblemente sirve el aludido comunicador.
Dijo al respecto el fundador de tal movimiento: “Comprendo el antisemitismo. Los judíos nos hemos conservado como cuerpo extraño en medio de diferentes naciones. En el ghetto hemos adquirido ciertas cualidades antisociales. Nuestro carácter se ha corrompido… y esto es necesario remediarlo por medio de otra presión. El antisemitismo es la consecuencia de la emancipación de los judíos. … En el fondo no perjudicará a los judíos, sino que se convertirá en un movimiento útil al carácter judaico.” (167-68).  Es decir que, como el judío es un pueblo que nunca se podrá adaptar a vivir en una sociedad que no es la propia, el antisemitismo es entonces un movimiento no solamente comprensible en cuanto a su existencia, sino además necesario para que se decida a tomar la decisión de constituirse en Estado o a emigrar hacia el mismo una vez que se haya gestado como ahora. Por lo tanto para el sionismo, en el caso de que no hubiese más nazis, habría que inventarlos, tal como sucede actualmente con D’Elía.
Y con respecto a que sean no judíos, como el caso del Sr. Lanata, los defensores a ultranza del Estado de Israel dejemos que sea una vez más el aludido Herzl el que nos dé la adecuada respuesta.
“Si Dios quiere que retornemos a nuestra patria histórica, desearíamos, como exponentes de la cultura occidental, llevar la limpieza, el orden y las esclarecidas costumbres del Occidente a aquel rincón del Oriente (es decir Palestina) que actualmente está infestado y abandonado.” (232) (Ver Teodoro Herzl, Páginas escogidas, Editorial Israel, Buenos Aires, 1949). Es decir que el sionismo, más que ser un movimiento propiamente judío, es en el fondo ‘occidental’, del mismo modo que las restantes ideologías que informan tal contexto cultural. En este caso se caracteriza por utilizar el problema judío en función de los fines expansivos del ‘occidente’.*
Moraleja entonces: existe en la Argentina un periodismo sucio y desinformador, pero tal cosa no es un hecho casual, sino que se encuentra perfectamente inducida por poderes que lo utilizan para sus fines propios.

* En el próximo número de El Fortín, a aparecer en estos días, reproduciremos otros importantes textos del autor aquí aludido en donde se muestra la estrecha vinculación existente entre el nacionalismo europeo, principalmente de Bismarck y el Kaiser alemán, y el sionismo en el siglo XIX.

Marcos Ghio
7/04/13