lunes, 15 de julio de 2013

HOMBRE Y MUJER

ARGENTINA:
FUERZAS ARMADAS Y ‘PRESIDENTA’


El reciente discurso de Cristina Kirchner, resaltando el papel que deben tener las Fuerzas Armadas en una democracia, ha sido sin más el signo definitivo y claro respecto del rumbo feminoide al cual conduce necesariamente un tipo de sistema de orden burgués opuesto a lo guerrero; y ello se encuentra además corroborado por el hecho de que no casualmente hoy en día América latina se encuentre ‘gobernada’ cada vez más por mujeres cuando no por hombres que en última instancia no se alejan de tal condición.
Pero antes de explicar la diferencia esencial que existe entre lo masculino y lo femenino, distinción por supuesto de carácter preeminentemente espiritual y no física, señalemos las recientes modificaciones acontecidas. Las Fuerzas Armadas, de acuerdo a los cambios introducidos por Cristina, dejan de ser propiamente una institución militar y guerrera, para convertirse en cambio en un cierto tipo de asociación solidaria, como bien podrían ser los boys scouts u otras parecidas. Tienen por finalidad no hacer la guerra, sino a la inversa, ‘trabajar para la paz’ y esto se concreta a través de tareas comunitarias, tales como las que podría realizar una institución de defensa civil encargada de construir o reparar elementos útiles y necesarios para la comunidad. Acotemos que tal cosa, la que se acaba de mencionar puntualmente y asentar a través de oportunas nuevas reglamentaciones, fue a su vez corroborada por una política que se viene implementando desde los orígenes mismos de la democracia en manera siempre más aguda, pasando por la cada vez mayor pérdida de influencia de la institución militar sobre la sociedad civil, hasta llegar finalmente a nuestros días con la distorsión absoluta de su función. Y resaltamos una vez más que esto es perfectamente coherente con el hecho de que sea una presidente mujer la que hoy en día tiene las riendas políticas en la república Argentina, aunque este fenómeno ya se está dando también en Brasil y volverá a estarlo dentro de poco en Chile, lo cual sirve para poner en evidencia la orientación vigente. Esta concurrencia de hechos nos permite decir dos palabras, desde el punto de vista tradicional, respecto de la diferencia existente entre los dos sexos así como brindar una explicación del por qué hemos ingresado abiertamente a tal anomalía.
Acotemos primeramente que la característica principal del hombre moderno, tal como hemos señalado en otras oportunidades, es la de reducirlo todo meramente a su aspecto externo, físico y superficial, ignorando que en última instancia la naturaleza no es una realidad en sí misma, sino apenas un símbolo de algo superior a ella, símbolo que, lejos de agotarse en sí mismo, nos sirve para alcanzar una aproximación a lo que la trasciende. Así pues, creer que lo femenino y lo masculino se diferencien principalmente por sus aspectos biológicos y corporales representa la mayor de las limitaciones posibles en el momento de encarar tal cuestión. Lo masculino o viril (de vir que significa también fuerza, pero obviamente no meramente física), que en el plano físico se caracteriza por lo activo, expresa la dimensión de lo que se basta a sí mismo, de aquello que tiene en sí el propio principio, mientras que en cambio lo femenino, simbólicamente lo pasivo, es aquello que tiene en otro el fundamento y cuya libertad verdadera, lejos de ser un impulso por ser autosuficiente, que es en cambio lo propio de lo masculino, consiste en un acto de  entrega absoluta y sin condición, de la misma manera que en el campo de la acción pura tampoco el hombre verdadero actúa en función de resultados, sino por el cumplimiento de un deber y con independencia de éxitos o fracasos. Para establecer un contraste pleno con nuestro mundo moderno de mujeres ‘emancipadas’ y ‘libres’, recordemos el ejemplo de la India tradicional en donde hallamos rasgos evidentes de tal acto de entrega absoluta y sin condiciones por parte de la mujer en el momento en el cual la esposa viuda se lanzaba en la pira ardiente del cónyuge para reencontrarse con él en los caminos del cielo. Y eso a su vez explicaba cómo antiguamente era prácticamente imposible hablar de divorcios, de nuevas parejas siempre mutantes e intercambiables, y menos aun de exaltación de la homosexualidad y del matrimonio igualitario, patologías éstas propias de tiempos terminales, ya que era el cumplimiento del deber y no la subordinación a apetitos lo que primaba en todo orden social. Claro que para que la mujer sea tal, previamente a ello y como condición necesaria, el hombre también debe serlo. Si el hombre desfallece, deja de cumplir con su función propia, cae presa de una cobardía interior dejando de ser suficiente a sí mismo para depender en cambio de otra cosa, como consecuencia de ello, también la mujer deja de ser tal y acontece entonces la anarquía y quiebra del orden social, tal como vemos en nuestros tiempos terminales.
En la república Argentina, aunque también podría haber sido en otra parte, haber llegado a Cristina Kirchner y a su conversión de las fuerzas armadas en instituciones asistencialistas no fue un hecho casual, sino el producto de un proceso de larga decadencia. Se precisó, que previamente a ello las Fuerzas Armadas, el principio viril y heroico fundador del Estado, dejaran de ser tales, para que, de manera consecuente, sucediera lo mismo con la sociedad civil, el principio femíneo hoy representado en su forma más ostensible y coherente por la presidente mujer. Para ello daremos un par de ejemplos hallables en nuestra historia más reciente.
El primero de ellos lo podemos encontrar en el año 1955. Gobernaba en ese entonces un presidente militar con gran popularidad y prestigio sea en el seno de la propia corporación, como entre la misma población. Pero he aquí que, en razón de una crisis interna, un sector de las Fuerzas Armadas se amotinó y lanzó una furiosa revolución, cuyas causas no viene el caso analizar aquí. A pesar de contar con amplia mayoría de tropa, el Gral. Perón, al encontrar una muy dura resistencia por parte de quienes no solamente no quisieron rendirse, sino que amenazaron con bombardear un importante puerto del país, en vez de luchar hasta el final cumpliendo con su deber, tal como hubiera correspondido, en tanto que además contaba con posibilidades ilimitadas de haber ganado, resolvió retirarse del combate alegando ‘no querer derramar sangre de hermanos’, aunque a otros les dijera también que no quería que se destruyera la destilería de La Plata que había costado mucho dinero construir. Es decir, subordinó la acción a un determinado bien material, dejando así de ser viril, es decir, pura e incondicionada*.
El segundo ejemplo lo podemos encontrar en la Guerra de Malvinas cuando las Fuerzas Armadas argentinas, luego de haber tomado la sana decisión de expulsar a Inglaterra de nuestro territorio e iniciar un proceso de verdadera independencia y de libertad viril, repentinamente y cediendo a presiones de la Iglesia católica y del poder mundial, resolvieron rendirse de manera cobarde e inverosímil alegando que, cuando tomaron tal justa decisión, no sabían que el enemigo se encontraba tan bien armado.
Tal rendición, que fue la antesala de nuestro proceso democrático decadente, fue luego seguida por otras realizadas por el movimiento carapintada, que participara a su vez de la guerra de Malvinas y de sus resultados, con argumentos verdaderamente inverosímiles como, a las pocas horas de haberse sublevado, deponer las armas porque no se imaginaban que iban a tener que ‘matar a camaradas’, es decir que esperaban ganar una batalla sin que el enemigo presentara resistencia, o que al rendirse ‘cumplían con la voluntad de Dios’ que había resuelto por ellos y otras imbecilidades semejantes.**
Esta sucesión de derrotas y rendiciones tuvo que dar por resultado lo que conocemos en nuestros días. Del mismo modo que un niño cuando no se encuentra bajo la tutela de su padre se convierte en perezoso e impertinente, así también ha acontecido con la sociedad civil al perder el respeto hacia un Estado que ha dejado de ser tal al no ser más viril. Y al respecto es de recordar que así como una mujer que ha perdido su centro se convierte en mutable, caprichosa, inestable e incluso mentirosa, esto es lo que justamente ha acontecido con la clase política actual que cambia de bando y de ideas con una facilidad asombrosa, del mismo modo que miente con una desfachatez pronunciada. Fue famosa al respecto la expresión del presidente Menem quien, ante el incumplimiento del programa prometido en las elecciones, manifestara que si hubiese dicho la verdad no lo votaba nadie. A su vez se distorsionan las cosas más evidentes. La espiritualidad viril que es acción pura y libre, sin ningún tipo de condicionamiento, queda totalmente apartada de la realidad, suplantándosela por una falsificación de la misma a través de un puro despliegue de mera fuerza material y de potencia sexual que puede llegar a alcanzar niveles patológicos. Se considera así que se es hombre teniendo a muchas mujeres y con capacidades ilimitadas de fornicación (de allí también la moda por las pastillas azules). Se inaugura la especie de los políticos mujeriegos y príapicos, como el antes aludido, o Berlusconi en Italia, cuando en realidad lo que sucede es lo contrario, pues una virilidad puramente material es dependencia de la cosa que se desea en manera exasperada, por lo tanto expresa en el fondo un carácter mujeril por lo cual no fue casual que el mismo que se jactaba de poseer a todas las mujeres manifestara la conveniencia de estar en relaciones carnales, por supuesto que en situación de pasividad, con el más poderoso, en ese entonces los EEUU, aunque podría haberlo estado de Rusia o de China, de acuerdo al rumbo por donde soplen los vientos. Y no es tampoco una simple coincidencia al respecto la corrupción y el apego obsesivo hacia los bienes materiales, característica propia de nuestra clase política depredadora, absolutamente dependiente de la posesión de dinero y una vez más apartada de una acción viril ajena a cualquier bien o resultado.
No cabe duda alguna de que –y sería interminable dar ejemplos de la anomalía en que vivimos- solamente se volverá a la normalidad restaurando el espíritu guerrero, haciendo así que la mujer vuelva a una actitud de entrega absoluta por su hombre, del mismo modo que el pueblo, apartado de una vez por todas de la inestabilidad voluble de su siempre hipotética ‘voluntad soberana’, alimentada por corruptos y demagogos, entregará su devoción y fe hacia jefes verdaderos con altura y dimensión espiritual de reyes y dioses.

* En varias oportunidades hemos hecho notar que, para ocultar tal acto esencial de cobardía, Perón dio múltiples explicaciones, de lo más diferentes y de acuerdo al público que lo escuchaba, a fin de justificar su decisión.
** No fue de extrañar que tales 'guerreros' carapintadas, una vez rendidos y salvados en su pellejo, de manera casi inmediata se lanzaron a la lid política y alguno de ellos hasta logró hacer una importante fortuna personal.

Marcos Ghio
15/07/13