lunes, 8 de julio de 2013

UN CAPÍTULO ESENCIAL EN LA GUERRA DE CIVILIZACIONES: EGIPTO


Los recientes acontecimientos en Egipto, por los que un virulento golpe de Estado derrocara al gobierno constitucional de Mursi, merecen de nuestra parte un pormenorizado análisis.

a)    Antecedentes

El régimen burgués moderno, impuesto en Europa a través de la Revolución Francesa y sus secuelas, tiene por premisa principal instaurar formas de gobierno en el mundo entero en donde la economía y el laicismo sean el destino de los hombres, convirtiéndose a Dios y a lo sagrado en cosas ajenas al mundo social y político, recluyéndoselas cuanto más a los templos o a la conciencia interior de cada uno.
Luego de haber podido anular al catolicismo como fuerza contrastante, logrando democratizarlo en sucesivas instancias hasta arribar a su catástrofe representada por el Concilio Vaticano II, fueron llevadas a cabo  medidas similares hacia otras religiones, como el budismo en China y en Japón y el brahamanismo en la India, países que, gracias al influjo moderno, fueron debidamente democratizados y laicizados de manera contundente, convirtiéndoselos incluso en más competitivos que el mismo ‘Occidente’ yanqui-europeo. Solamente en el mundo islámico la civilización moderna encontró un obstáculo hasta el momento insalvable y que a todas luces, representa la esperanza verdadera de una restauración hacia la normalidad para el mundo entero.
De la misma manera que toda gran religión no contaminada por el virus de la modernidad, el Islam propone una sociedad en la cual, en vez de ser la economía el destino del hombre, Dios, el espíritu y la vida trascendente sean la meta principal de la existencia. En vez de ser el mero sufragio universal de la masa mutante el valor de verdad de cualquier cosa, debe serlo en cambio la Sagrada Escritura y la interpretación de ésta efectuada por los sabios. Esto, que pertenece al patrimonio histórico y milenario de cualquier gran civilización, solamente ha sido contrastado por la anomalía democrática implantada a partir de la Revolución Francesa de 1789.
Una vez que el mundo moderno originado en Europa hubo de terminar con el imperio islámico tradicional a comienzos del siglo XX, su procedimiento fue el propio y habitual aplicado en su momento con otros conglomerados similares, tales como el imperio austro-húngaro o el imperio español de América: fragmentarlo en pequeñas republiquetas artificiale,s, fomentar los separatismos regionales bajo la excusa imbécil del federalismo, pensando así que, dividiendo a las partes hasta el infinito y difundiendo patológicamente el espíritu democrático por el cual el capricho del pueblo y no la verdad sacra es el soberano,  se daría cuenta de este modo con el Islam. A todo ello y para consolidar el control de la situación, del mismo modo que en la América hispana, con la finalidad de ejercer una vigilancia democrática, se implantaron colonias tales como Honduras, Guyana y Malvinas, en el Oriente Medio, en el eje conflictivo esencial del mundo islámico, se instaló el Estado de Israel, Estado tapón, tal como lo definiera el fundador del sionismo, puesto específicamente con la finalidad de impedir el resurgir del mundo islámico. Recordemos al respecto, tal como se demostrara en El Fortín, que el sionismo, execrado en sus orígenes por su propia colectividad, es un movimiento de origen europeo que ha tomado como excusa el problema judío para llevar a cabo los ideales disolventes de la modernidad y el secularismo.
Los ideólogos democráticos elaboraron proyectos alternativos para poder terminar con el Islam extirpándolo de las conciencias de las diferentes comunidades. Tropezaron primeramente con un inconveniente que no hallaron en cambio en el mundo católico. Aquí no había un clero funcional al cual poder corromper y democratizar. No era posible como en Occidente lograr encíclicas y comunicaciones formales a favor de la democracia, la nueva deidad instalada con la finalidad de expulsar a Dios del mundo. No se pudo lograr un Pío XII que emitiera, finalizando la segunda gran contienda bélica, un discurso laudatorio al peor de los sistemas posibles. Hubo que conformarse con figuras aisladas, militares principalmente educados en academias yanquis o europeas que promovieran desde sus gobiernos, a través de dictaduras ilustradas, una educación transformadora de las multitudes que lograra convertirlas de simples creyentes a buenos ciudadanos y consumidores de las chucherías tecnológicas inventadas por el occidente para rellenar los vacíos existenciales generados por la ausencia de Dios. Fue así como lo tuvimos a Ataturk en Turquía, al Sha Palevi en Irán, a Nasser en Egipto, a Gaddafi en Libia y a tantos otros. Estos iban a cumplir con un efecto doble. Por un lado iban a educar a las masas en los valores occidentales y por el otro, al ser dictatoriales, iban a despertar los sentimientos democráticos necesarios para arribar al reino feliz de estómagos saciados que nos promete el mundo ‘libre’.

b)    La Primavera árabe

Las cosas sin embargo no fueron demasiado fáciles para la democracia. En Egipto en 1928 se fundó un movimiento de reacción hacia la modernidad, la Hermandad Musulmana, quien tuviera como su doctrinario principal a Sayid Qtub. Ésta comprendió que la cosa no pasaba meramente por terminar con el dominio colonial del occidente en su país, sino que lo principal consistía en expulsar la ideología moderna que el mismo había inculcado, la que se expresaba en los distintos nacionalismos y en su consecuencia final que era la democracia. Islam y democracia, decía Qutub, son cosas imposibles de conciliar, pues mientras que una se basa en valores mundanos y seculares, la segunda en cambio tiene por meta a Dios. La guerra contra la tiranía de Nasser y su descendencia fue inclaudicable y duró hasta nuestros mismos días. Qtub fue asesinado en prisión, pero el heredero del tirano, Sadat, fue eliminado en un ataque exitoso, y su sustituto, Mubarak, sobrevivió milagrosamente a un atentado. Este último es de recordar que llevó a cabo los famosos acuerdos de Camp David que dieron status hegemónico al Estado tapón en la región. Acotemos también que el islamismo se expandió como un reguero como fuerza política en todo el mundo musulmán, desde Argelia hasta Afganistán, representando así el primer gran desafío al mundo democrático.
Pero he aquí un hecho curioso, difícil de comprender por parte de los europeos. Repentinamente en el mundo árabe en su totalidad estalló lo que se ha denominado la Primavera Democrática, ante lo cual hubo verdaderas deliberaciones respecto de lo que había que hacer. Luego de un primer y velado apoyo a los tiranos Ben Alí y Mubarak, el Occidente cambió radicalmente sus puntos de vista. Pensó que, de la misma manera que en el mundo americano no protestante en algún momento debían ser desactivadas las dictaduras para dar cabida a la democracia permitiendo así que peligrosos guerrilleros se convirtiesen en gobernantes demócratas ejemplares, tales como Roussef, Mujica y tantos montoneros y erpianos argentinos integrantes de nuestra fauna política, en el mundo islámico con la democracia podía suceder lo mismo con varios miembros de Al Qaeda. De este modo se cambió drásticamente de táctica; de apoyar a las tiranías, se pasó abiertamente a aislarlas y atacarlas promoviendo en cambio elecciones democráticas. Y esto, tal como sabemos, sucedió en Túnez, Egipto y Libia. Pero una vez más falló el cálculo debido a la ceguera conceptual de una civilización que concibe al hombre como un ser apegado a la materia. Indudablemente por la deserción antes aludida de la Iglesia católica, las reacciones antidemocráticas en América sólo habían podido ser marxistas, es decir materialistas como lo es también la democracia. Por ello era muy fácil hacer pasar a un comunista hacia el capitalismo, tal como hoy sucede ostensiblemente en China y en Rusia. En cambio era muy difícil y hasta imposible hacerlo con un jihadista para el cual es Dios la medida suprema y excluyente.
Fue así como se vivieron los primeros sofocones. Luego de la caída de Mubarak y tras convocarse a elecciones, no ganaron esta vez los liberales ni los marxistas civilizados, sino los movimientos islamistas. Casualmente en Egipto las dos fuerzas de tal orientación sacaron nada menos que el 70% de los votos. Fue así como se llegó a la elección de Mursi y éste, si bien sostuvo un discurso moderado y tranquilizador para el ‘mundo libre’ deseoso de seguir disfrutando de las materias primas provenientes del Oriente que lo ayudan a construir su ‘felicidad’, al poco tiempo comenzó la pesadilla.
Mursi llevó a cabo las siguientes medidas.
a)     liberó de las prisiones a todos los presos de Al Qaeda y afines, incluyendo al hermano del jefe de tal organización, Mohamed Al Zawahiri.
b)     Implantó una nueva constitución basada en la Sharia o ley islámica, por la cual se castiga con la muerte el delito de usura, se prohíbe la prostitución y se combate la homosexualidad, entre otras cosas.
c)      Si bien manifestó de palabra que iba a respetar la soberanía del Estado tapón, tomó una serie de medidas que lo pusieron en severo peligro tales como: 1) haber liberado a los jihadistas, lo que significó un incremento de la actividad de éstos en los territorios usurpados. 2) específicamente en el Sinaí se constituyó la filial de Al Qaeda, la que se extendió luego a Jerusalén. Desde ese momento se destruyeron los principales gasoductos que alimentaban al Estado tapón y un nuevo frente misilístico se creó en tal territorio. 3) Asimismo se reabrieron los túneles que comunicaban con Gaza, permitiendo así el tráfico de armas y alimentos a tal región que había sido impedido por el tirano Mubarak.
d)     Nombró como gobernador de la provincia de Luxor a un ex miembro de Al Qaeda del que sospechaba que estuviese aun en actividad.
e)      Mantuvo un lazo estrecho con el régimen islamista de Turquía y con Hamas constituyendo un bloque sunita que hiciera frente a la tiranía de Assad en Siria que, contando con el apoyo expreso del imperialismo ruso, consolidaba la existencia de un Estado auxiliar de Israel en la región. Recordemos que el régimen de Assad mantuvo una paz de casi 50 años con tal país a pesar que de que éste le hubiese usurpado territorio y que además colaborara con los EEUU en la invasión a Irak.

c)     El golpe de Estado

Es indudable que el ‘mundo libre’ comenzó a tragar bilis por lo acontecido en Egipto. ¿No hubiera sido mejor haberlo mantenido a Mubarak?, sostuvieron varios importantes politólogos sionistas de todos los colores. ¿Qué hacer ahora que hay democracia? ¿Cómo se puede volver para atrás?
Y bien el procedimiento ha consistido en producirle primeramente a Mursi una serie de inconvenientes económicos en modo tal de estimular la protesta popular. Así fue como se produjo un desabastecimiento de combustible, provocado expresamente para sembrar descontento. Las manifestaciones fueron realmente importantes, aunque agrandadas enormemente por la prensa adicta al sistema. Se silenció en cambio que hubo otras de un tenor muy similar a favor del gobierno. A su vez, como reaseguro por la emergencia, el mundo libre había favorecido que el mismo ejército, que había sido el sostén de Mubarak, se mantuviese en el control del poder entre bastidores. EEUU, a través de su jefe del Pentágono, Gral. Dempsey, instruyó especialmente a su par egipcio, Al Sisi, casualmente graduado en West Point, para que diera el golpe de Estado, el que contaría con el respaldo secreto de Washington. Por su parte el fantoche Obama, como buen premio Nobel, iba a reclamar en cambio que se devolviera la democracia, pero curiosamente mientras que decía tal cosa, la empresa Google, de la Cia, prohibía por Youtube la difusión pública del último discurso de Mursi antes de ser arrestado. Por supuesto que la nueva democracia iba a ser con Mursi preso y los islamistas proscriptos y perseguidos pues, recordando un viejo discurso, no se puede ser democrático con los que no lo son. Es de destacar también que el único gobernante que celebró el golpe de Estado en la región fue el asesino Assad de Siria quien manifestó que con este prodigioso acontecimiento se terminaba definitivamente con el Islam político. Es decir que, de acuerdo a su análisis, el Gral. Al Sisi efectuaba, con menos derramamiento de sangre, lo que él en cambio con sus armas rusas había debido producir en el propio país masacrando a ya 100.000 compatriotas que se resistían a vivir en democracia.
Pero nos preguntamos. ¿Se ha terminado realmente el Islam político? ¿Ha renunciado el pueblo musulmán a instaurar el califato y ha asumido en cambio la democracia como anhela el Occidente con todos sus cipayos nativos? Veamos. A pocas horas de la caída de Mursi se constituyó el grupo Anshar Al Sharia que prometió recuperar con sangre el gobierno islámico en el país. En el Sinaí las milicias jihadistas tomaron el control de varias localidades, generando una severa preocupación en Israel quien no descarta intervenir como última instancia. Es decir el miedo que tenían los norteamericanos de que los islamistas que habían elegido la democracia con el golpe de Estado se hicieran kamikazes ya están empezando a perfilarse. Grandes temores pues para el ‘mundo libre’ y sus inversiones y sus finanzas.

Marcos Ghio


7/7/13